Sabemos que antropológicamente, los seres humanos
somos animales sociales, es decir, seres gregarios por naturaleza. Vivimos en
sociedad y evolucionamos a través de las interacciones humanas.
Como siempre vivimos en sociedad, progresamos con el
concepto de nación, es decir, un conjunto de personas viviendo en un territorio,
con una cultura común, un lenguaje común, una historia común. Este concepto de
nación se fortalece a través del tiempo cuando se reviste de algunos elementos
que le dan soporte a su propia esencia:
un vínculo afectivo y cultural que se manifiesta en el respeto a la
historia, a los símbolos patrios y al servicio a la comunidad.
A lo largo de la historia, este sentimiento se ha
consolidado mediante el culto a los héroes, a esas figuras míticas y
legendarias que encarnaron el valor, el coraje, la lealtad y el sacrificio, es
decir, los valores supremos de una nación.
Con el fenómeno de la globalización y la
interrelación cultural entre las naciones del mundo, esos valores de
nacionalización están cambiando radicalmente en casi todos los países del
mundo.
A pesar de intentar mantener esos valores, las
naciones encuentran cada vez más dificultades para mantener intactas sus
tradiciones y la veneración por sus figuras emblemáticas que las distinguen de
los demás.
En el siglo XXI, más que nunca nos hemos encontrado
con un fenómeno que calificaríamos como “fenómeno antropológico”: el deporte, y
en especial el fútbol, que, al parecer, está sustituyendo increíblemente a los
símbolos tradicionales de antaño.
¿Es el fútbol el nuevo sustituto de los símbolos nacionales? No lo sé a ciencia cierta, pero que despierta una especie de patriotismo disimulado, parece ser un hecho consumado. El fenómeno es global en este gran evento mundial de ese deporte.
Viendo imágenes de millones de aficionados
enarbolando las banderas de sus países, con sus colores, vistiendo la camiseta
de sus seleccionados y entonando himnos patrióticos, es natural pensar que el
fútbol sí, está sustituyendo a los símbolos nacionales de los países.
Pero, ¿qué es lo más peligroso de todo esto?
Sin dudas es el descontrol emocional que cada
partido de fútbol provoca en los aficionados del mundo entero. Países que no se
encuentran representados en el torneo deciden – o son casi forzados mentalmente
– hinchar por otro país por innúmeras razones, entre ellas, también razones
históricas. Es increíble la energía y vibración nacional de cada país durante
este evento y es casi asustador cómo los pueblos del mundo entran en una
vorágine de pasiones incontrolables y muchas veces violentas.
El fútbol parece ser el nuevo elemento de
patriotismo. Pero, ¿cómo un deporte puede convertirse en el gozne sobre el cual
gira el sentimiento nacional? Quizá los psicólogos y antropólogos deberán
estudiar este fenómeno. Quizá el fútbol, como el deporte más popular del
planeta, haya sido “secuestrado” en la imaginación popular y haya reemplazado a
los grandes héroes que dieron sus vidas por la defensa de sus naciones.
Es algo que me llama poderosamente la atención.
Pero, por sobre todo puedo destacar que, cuando sacamos al deporte de su
verdadera misión – que es la competitividad saludable y armónica entre los que
lo practican – y lo colocamos en un pedestal que no le corresponde, como es el
de ser nuevos tótems de la historia de una nación, entonces estamos yendo hacia
un terreno terriblemente peligroso.
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