sexta-feira, 19 de julho de 2013

CONVERSACIONES SOBRE LA FE


Existen varios motivos en nuestra vida corriente que perturban nuestra fe. Desde el trajín del día - día , los problemas cotidianos, los cambios de humor por el tráfico, la pérdida de tiempo, las metas no alcanzadas, las noches mal dormidas, una leve indisposición, una enfermedad, problemas laborales, infortunios, etc,etc. A veces mantenemos la fe en alta a cualquier costo, pero a veces aparece la tibieza, quizá el peor enemigo de la vida espiritual y otros tantos motivos que parece que no hay razones, ni ganas de vivir.

Entonces, recibimos un pequeño y sutil “tirón de orejas” de parte de Dios para mostrarnos que nada en esta vida importa más que tener fe. No me refiero a esa fe académica y teórica, sino aquella fe práctica y viva que alimenta nuestro cotidiano y nos hace elevarnos a categoría de verdaderos hijos de Dios.

Cierta tarde, estaba yo esperando el autobús, preocupado por un incipiente atraso en mis obligaciones laborales e inmerso en un marasmo de decepciones, inquietudes y ansiedades, cuando se acercó un señor de estatura baja, rostro apacible, de unos sesenta años o más, preguntándome si el autobús que acabara de pasar no era el que pertenecía a la línea 477-10P. Le dije que sí y el hombre, suspirando, lanzó un “¡qué pena!” sonriendo y prosiguió:

-         Joven, usted podría avisarme cuando se acerca ese bus? Es que estoy ciego y no puedo ver ni siquiera el color del vehículo.

Le dije que no tendría ningún problema en avisarle y entonces, empezó un dialogo con este hombre desconocido pero amable, aquel que, bíblicamente hablando sería  ciego “mi prójimo o mi semejante”.

Me comentó que hacía un año estaba ciego y que, sin previo aviso, le falló la visión mientras trabajaba y que se había hecho todos los estudios y exámenes médicos sin suceso en descubrir el motivo o la razón de esa ceguera. La pérdida había sido del 90% de su visión y que ahora, paulatinamente veía un poco más, a pesar de que sólo sombras vagas e imperfectas.

Lo que más me sorprendió de su historia, fue su impresionante fe. Me dijo que no se preocupaba con el futuro porque creía, fielmente, que si Dios le había arrebatado la visión, había algún porque, y que si no lo descubre en esta vida, lo hará al encontrarse con el creador después de su muerte.

Eso me sorprendió de sobremanera, pues me di cuenta de la grandeza de la fe de esa alma que entregaba todo – incluso su vida  y su enfermedad – en manos de la Providencia.

Entonces comprendí que, a pesar de mi espiritualidad, a veces me dejo llevar por el desánimo y mi fe se achica. Entonces agradecí a Dios por esa lección dada por mi semejante en una calle cualquiera de la ciudad. Comprendí, entonces que el Señor, una vez más, había sido benevolente y misericordioso con este pobre vaso de barro de vasija rota que soy yo.

Me despedí de mi prójimo y le deseé mucha fe, y continué mis deberes de estado con esa alegría y ese garbo que siempre he tenido en la vida.

Considero esto como un gran regalo de la Providencia.

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